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jueves, 11 de septiembre de 2014

El llamado de Otoniel, nueve cuentos de Efrén Mesa Montaña


El llamado de Otoniel



...ningún relato corresponde a la ficción, pues, 
como dice Walter Benjamin, todo obedece a la experiencia:
 la experiencia vivida y percibida...




Nacido en Aquitania, cuenca del lago de Tota, el autor es licenciado en Ciencias Sociales por la Universidad Pedagógica Nacional de Bogotá. Ha publicado Alguien de nosotros, cuentos, por esta misma editorial, 1990, y algunos artículos sobre el deterioro ambiental del lago de Tota en periódicos y revistas locales. En El llamado de Otoniel, los nueve cuentos que lo integran difieren tanto en estructura y forma de Alguien de nosotros, aunque si bien se advierte una continuidad temática, cuya naturaleza parece desprenderse de la misma realidad que cotidianamente se entreteje en cualquier lugar de nuestra América. En éstos se percibe una visión distinta, donde, sin dejar de ser literatura, la realidad no deja de hacerse presente en cada palabra, como si se tratara de una extraña evocación, donde al llamado de la memoria los recuerdos acuden desentrañando una historia ajena hasta entonces al presente. La topografía parece corresponder al mismo Aquitania, pero luego se puede advertir que ésta se ha prestado como un soporte para mostrarnos el mundo terrible que habita y que se alberga en cada uno de los personajes, para quienes la dicha y aun la misma esperanza es imposible.
El llamado de Otoniel, el titulo del libro que corresponde a uno de sus relatos, y que fue publicado en 1997, parece ser la continuidad de uno de Alguien de nosotros, "Otoniel Rodelo"; sin embargo, aunque lo sea, mantiene una identidad propia, y como los demás, no es producto, pues, como la realidad misma, de un mero ejercicio de espontaneidad narrativa. Obedece y es el resultado de un pormenorizado esfuerzo en el que confluyen la búsqueda permanente del tema (que en nuestro caso no falta), la construcción minuciosa y detallada de la estructura y finalmente la forma. Nada resulta m s claro que el hecho de que todo argumento que merezca el nombre de tal, debe ser planeado desde el comienzo hasta su desenlace, antes de que nada sea sometido a la pluma, pues sólo cuando no se pierde de vista el desenlace, se puede dar al argumento la semblanza indispensable de consecuencia o causalidad, logrando que los incidentes, y en particular el tono, contribuyan en todo momento al desarrollo de la intención.
Esto es lo que se advierte en una lectura desprovista de ingenuidad en relatos como "El perro", "Buenas noticias", "Falsa alarma", "El llamado de Otoniel", "La carta", para no citar m s. Desde su primer párrafo casi podría intuirse su fatal desenlace, pero luego nos vemos abocados a ir desenmadejando la historia al revés, tal si recorriéramos la línea oscilante de un círculo para llegar al punto de partida, pero a la inversa y con una extraña certidumbre, el final no esperado, aunque de algún modo intuido, una especie de broma pesada donde la tragedia pareciera reírse mostrándonos todos sus dientes. Casos similares pueden advertirse en relatos como "Otra vez el regreso", "Un jueves por la tarde" y "Cuando escampe", donde es el chasco, mezcla de humor negro y fatalidad, el que se encarga de remitirnos al comienzo, con la sensación de que de algún modo hemos sido cómplices de la historia. Este último relato, "Cuando escampe", que en realidad es una carta con todos los ingredientes de los escribanos coloniales, provisto, además, de datos verídicos sobre la historia económica y social de nuestro país, conlleva igualmente el mismo tono de los anteriores, y su efecto, de ningún modo ajeno a la intención, no se aparta de brindar el esperado desenlace.
En todo caso, ningún relato corresponde a la ficción, pues, como dice Walter Benjamin, todo obedece a la experiencia: la experiencia vivida y percibida; como se advierte en uno de ellos, el último por citar, "En el nombre de David", sin apartarse de la intención final, difiere de los otros en su estructura y forma. En realidad se trata de un monólogo múltiple, donde la historia sigue una línea difundida a través de voces que juegan de manera irreverente con la sintaxis y las conjugaciones de verbos y de tiempos, mostrando, como en todos los relatos, un mundo nada ajeno a la realidad que nos envuelve.


Ver más: http://efrenmesamontana.blogspot.com/


http://www.eltiempo.com/archivo/documento-2013/MAM-851171


https://es.scribd.com/doc/250134062/Revista-Boyaca-Siglo-XXI-Resena-breve-de-El-Llamado-de-Otoniel


Poemas de amor y guerra, de Efrén Mesa Montaña (gde)


Poemas de amor y guerra

Amo las nubes, oscuras, apretadas, hechas lluvia

hechas ramalazón y chubasco y tormenta sin tregua

aguacero prehistórico persiguiendo a los incautos

y cerrando caminos y extraviando horizontes

reivindicando al mundo de tanto pisoteo

De poemas de guerra, fragmento





Mezcla de ensayo-literatura y poesía, el presente libro es una invitación a explorar uno de esos mundos paralelos —si no inmersos en el mismo, aun con diferente nombre—, faceta desconocida, que ya se advierte en la mayoría de los escritos del autor.
Paradójicamente, aun con esa doble intención, no se percibe en estos versos ni un asomo de alegría, sino un afán desenfrenado por dilucidar la desazón que los indujo, que los hace posibles mediante la rigurosa búsqueda de cada palabra, cuyo fin no parece ser otro que el de dibujar, bosquejar la imagen con la que el autor quiere mostrarnos su mundo, aun cuando en ellos, con las mismas emociones, pareciera volverse una y otra vez sobre obsesiones aparentemente ya dilucidadas, como una variación constante del mismo tema...
Con todo, como ya en otro lugar se ha dicho, de manera acertada: “escribimos para ser lo que somos o para ser aquello que no somos. En uno u otro caso, nos buscamos a nosotros mismos. Y si tenemos la suerte de encontrarnos, descubriremos que somos un desconocido”.
Hay en estos versos una melancolía que habla de silencios, de amores idos o simplemente de esperanza, de esa esperanza que es todavía capaz de devolvernos el recuerdo, el recuerdo, por cierto, que se mantiene vivo, como si en cualquier instante pudiera hacerse presente, materializarse; todo esto enraizado en la pertinaz descripción de un paisaje abrupto, delirante, como aquel que se entrevé en los sueños, tal si cada frase, cada evocación, necesariamente tuviera que aferrarse para ser, para sentirse, en la belleza indescriptible y gris de su lago de Tota.
No se percibe en estos versos, de cuya clasificación me aparto, ni un asomo de alegría, sino un afán desenfrenado por dilucidar la desazón que los indujo, que los hace posibles mediante la rigurosa búsqueda de cada palabra, elegida, al fin y al cabo, para que, inmediatamente oídos o leídos, puedan permanecer algunas frases en la memoria o, al menos, su alucinante eco, pero con una identidad propia, pues todos los poemas, aunque distintos, son una variación perpetua sobre el mismo tema, una obsesión que profundamente se ha arraigado con todas sus raíces, pero que cada vez se expande buscando la forma de explicarse, de hallarse a pleno sol en la alocada búsqueda de sí mismo, de salir del laberinto y de reconocerse sin la necesidad de la máscara: “escribimos para ser lo que somos o para ser aquello que no somos. En uno u otro caso, nos buscamos a nosotros mismos. Y si tenemos la suerte de encontrarnos, descubriremos que somos un desconocido”.
Y es que cada línea ha sido trabajada con paciencia, como si a cada palabra que se agrega se le imprimiera la responsabilidad de ser escuchada, en voz alta. Ninguno de los poemas podría ser leído sin la tentación de que sus palabras lucharan contra el viento y se percibieran en las inmensidades insondables, bien de quien los lee y oye o simplemente de los silencios que canta, pues, aun cuando cada frase parece exigir una pausa, la cadencia y vibración de sus palabras ofrece aquello que los no expertos desconocemos en teoría, pero que experimentamos sin tanta retórica: es la magia, el sentir con plenitud que estamos vimos y que a la vez no somos más que pasajeros de la vida, en este mundo del cual no somos más que fugaces huéspedes, y es justamente tal certeza lo que admite y confirma la transformación innegable del alma que produce la poesía. Como el mismo autor lo confiesa, refiriéndose a la poesía, como esa disciplina álgida, propia de expertos y académicos: “entiendo bien poco de esta materia, y no es mi debilidad dedicarme a interpretar lo que a mi entendimiento parece obvio”. Esa obviedad no tiene otra base que la experiencia, el conocimiento práctico de las vivencias, ajeno a todo academicismo de vitrina, que interpreta hasta las emociones y que se lucra de lo que desconoce. Nuestro país ofrece una enorme gama de esa serie de expertos.
Con todo, si no se trata del lenguaje, es la descripción portentosa de los ambientes que habitan cada poema donde se genera una especie de irrealidad, de mundo alucinado que pareciera no existir en otro lugar sino en el abismo de los sueños. “La poesía sale a la luz tentándola”, había dicho René Menard. La poesía que se aprende paso a paso entre las cosas y los seres, es aquí no sólo las palabras agolpadas que furiosas muestran desde la visión del hombre el transcurrir de la vida humana, con todas sus alegrías, desazones y angustias, sino que, además, esa realidad que canta se transforma —no exactamente por el lenguaje, el cual no viene a ser otra cosa que su instrumento—, así como en la misma poesía, en un mundo onírico, en un surrealismo ajeno de lo pictórico, pero virtualmente presente en cada una de las líneas que conforman el poema.
En otras palabras, un mundo desconocido que dolorosamente se va abriendo en la medida que nos internamos en el bosque de palabras, en la medida en que tantas locas sensaciones van surgiendo a su contacto, en la medida, pues, en que vamos descubriendo no exactamente un paraíso, sino el infierno que intenta serlo a través de la evocación: la transformación de la realidad desde una de sus orillas.
No se trata, entonces, de esa transformación que se alude desde lo materialmente práctico, sino desde la alucinación, donde lo absurdo se instala en la inteligencia y la rige mediante una lógica desaforadamente cruda. Para no ir más allá, tomo prestadas unas líneas de Baudelaire, que parecen venidas al caso: en estos poemas se advierte un develamiento en el que la “fosforescencia de la podredumbre y el olor de la tormenta” se hacen presagio. Allí, “la naturaleza que llama inanimada participa de la naturaleza de los seres vivos, y, como ellos, se estremece con un temblor sobrenatural y galvánico”. Y es que, precisamente, ajena a toda manifestación seudo académica, en estos poemas hallamos, más que materia para someter a la crítica, el discernimiento de un mundo plenamente desconocido, donde la naturaleza y todo cuanto de ella hace parte —y se entrevé particularmente, entre mitos y leyendas, fantasmas y silencios, vientos, lluvias, ventanas sin nadie, luna y agua, el deslumbrante paisaje del lago de Tota— se expresa en un afán de alivio y de insaciable búsqueda de asidero. Ese subterfugio no podría ser otro, ni más ni menos, que el de que ese horizonte de palabras se difunda en la huella de la emoción y la memoria.
Quizá de ese modo, si nos atenemos a tener en cuenta, en particular todo cuanto tiene relación con el agua —que indefectiblemente está presente a lo largo de todos los poemas: hielo, niebla, lluvia, viento, nubes, árboles—, habremos comprendido que, “para el inconsciente, toda combinación de elementos materiales es un matrimonio”, en el que casi siempre “lo femenino es atribuido al agua por la imaginación ingenua y la imaginación poética”, pues el agua y su presencia en todo cuanto de ella depende —la vida misma—, no es sólo nacimiento continuo, sino pureza, ira, sueño, esperanza, llanto.
Sin embargo, aun cuando lo anterior de alguna manera parezca un tanto forzado, no está lejos del verdadero propósito del autor: el de mostrarnos desde las sombras, como un hombre alumbrando con fuego escaso las paredes de una caverna, que quiere decir[25], contar algo, ese algo garabateado por una mano que se mueve en las sombras, plasmando signos, palabras, dudas, preguntas, murmullos refundidos, extraviados en el eco, nuevas preguntas…
Así, para no ir más allá, ahondando sin luz en el laberinto, estos poemas de amor y guerra no son precisamente eso, particularmente en lo segundo. En lo primero, si bien la gran mayoría trasciende el tema, no deja de cristalizarse en la remembranza, en la llamada desde el recuerdo y, no vamos a negarlo, en la recordación plasmada de cierto candor, cierta inocencia. Esto no quiere decir, claro, que el manejo del tema, en su forma, les aleje de su principal función como poesía. Al contrario; les da la fuerza y la validez necesarias para que puedan emprender el vuelo sin otra ayuda que la de su propia e intrínseca vitalidad. Sin embargo, estos poemas están más cerca de la segunda parte del libro, ajena al título, el desamor, o son ni más ni menos que su preámbulo.
En todo caso, pese a que sólo hemos reunido del tremendo arsenal de papeles una breve selección, puede considerarse que la estructura del libro que ahora se ofrece, aun, insisto, con la brevedad de su material, parece haberse concebido con esos fines: después de la tempestad viene la calma, pues, la segunda parte, como se ha dicho, corresponde al desamor, y la tercera a lo que el autor optó por llamar de guerra, que en el sentido literal de la palabra se mantiene ajeno, distante, tanto en la experiencia como en la presunción.
En tal caso se advierte, en esta segunda parte, cómo, desde la evocación, el amor se encarga de proporcionar los elementos necesarios para que, aun con todas las desazones e incertidumbres, la existencia sea posible, aun cuando, en el mismo ritmo que se avanza, nos vamos percatando de los cambios. El desamor, entonces, no el cansancio ni el despecho, aparece como una forma más de trasponer la realidad, de mostrar cómo ésta puede ser otra manera de querer, pues, al fin y al cabo, percibimos que, más que dejar de amar, se continúa amando aunque la ruptura sea evidente.
La última parte se encarga, como el título, de la guerra, pero —ya está dicho— ésta no es ella necesariamente; es, ya distante de las fuerzas terrenales del enamoramiento y su consecuente, el enfrentamiento con la realidad, la realidad despojada de toda argucia, desnuda ante la impotencia de quien la describe como dibujada a pincelazos bruscos, como rememorada a gritos sordos, como observada no como testigo sino como parte irrefutable de ella misma.
No se trata, sin embargo, de esa realidad ofrecida desde el escritorio, sino de la palpable experiencia que hierve, que se hace presente en cada sorbo de aire, en cada pensamiento que se desliga del sueño o que surge de sus entrañas, desde sus laberintos... Y ello tiene sentido si advertimos la estructura con la que —podría decirse, de manera inconsciente o deliberada— ha sido concebido el libro: ese extraño tríptico en el que se perfila Dante, no de ida, sino de regreso. Todo esto, borrascas y silencios, nostalgias y presentes, esperanzas e incertidumbres, risas y llantos, parecen brotar llamados por la vida misma, en estos poemas de amor y guerra.

Ver más: 


http://lagodetota.wix.com/efren-mesa-montana


https://www.youtube.com/watch?v=C33oa5-4GL0&list=UUyj64WXffv0kM7rRIwAgo1A


https://www.facebook.com/groups/poemasdeamoryguerra/


http://www.amazon.com/POEMAS-DE-AMOR-Y-GUERRA/dp/images/9584405950


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