El Renacimiento
Por Efrén Mesa Montaña
Presentación
En la historia de la filosofía, el Renacimiento es
un movimiento cultural, cuya característica esencial es un renovado interés por el pasado grecorromano
clásico y especialmente por su arte. Este movimiento comenzó en Italia en el
siglo XIV y se difundió por el resto de Europa durante los siglos XV y XVI. En
este periodo, la fragmentaria sociedad feudal de la Edad Media, caracterizada
por una economía básicamente agrícola y una vida cultural e intelectual
dominada por la Iglesia, se transformó en una sociedad dominada progresivamente
por instituciones políticas centralizadas, con una economía urbana y mercantil,
en la que se desarrolló el mecenazgo de la educación, de las artes y de la
música.
El término Renacimiento fue empleado por primera vez en 1855, por el
historiador francés, Jules Michelet, para referirse al “descubrimiento del
mundo y del hombre” en el siglo XVI. Más adentre, el historiador suizo, Jakob
Burckhardt, amplió este concepto para delimitarlo y situarlo en el periodo
comprendido entre el respectivo desarrollo artístico de los pintores Giotto y
Miguel Ángel, a la vez que definió esta época como el nacimiento de la
humanidad y de la conciencia modernas tras un largo periodo de decadencia, el
de la Edad Media.
La salida del oscurantismo medieval
El Renacimiento significa nada menos que el paso
entre la Edad Media y la Edad Moderna, pero también la salida del oscurantismo,
del predominio religioso que caracterizó a la gran mayoría de la sociedad. Sin
embargo, en la Edad Media no todo fue “oscuridad”. Gracias a los scriptoria
(aulas dedicadas al estudio) de los monasterios medievales, se conservaron
copias de obras de autores latinos como Virgilio, Ovidio, Cicerón y Séneca, y
aun en el Renacimiento se puede hablar de cierta continuidad, pues los
pensadores renacentistas continuaron la tradición medieval de los estudios de
gramática y retórica.
Así, mientras que los eruditos medievales contemplaban
con recelo el mundo pagano griego y romano creyendo que vivían en la última
etapa histórica, previa al Juicio Final, sus colegas renacentistas exaltaban el
mundo clásico, condenaban el medievo como una etapa ignorante y bárbara y
proclamaban su propia era como la época de la luz y de regreso al clasicismo.
Esta visión era expresada por muchos pensadores renacentistas que recibieron el
nombre de humanistas.
En el campo de la teología, durante el Renacimiento
se continuaron las tradiciones medievales del escolasticismo y las establecidas
por las obras de Tomás de Aquino, Juan Escoto y Guillermo de Occam. El
platonismo y el aristotelismo fueron cruciales para el pensamiento filosófico
renacentista. Los avances en las disciplinas matemáticas (también en la
astronomía) estaban en deuda con los precedentes medievales. Por lo demás, es
en plena Edad Media que algunos pensadores generan una gran crisis, y permiten
el cambio de mentalidad que daría paso al Renacimiento. Estos pensadores son,
Guillermo de Occam, Nicolás Oresme y Nicolás de Cusa.
Conocido como Doctor Invincibilis (Doctor invencible)
y Venerabilis Inceptor (Venerable iniciador), Guillermo de Occam alcanzó gran
notoriedad al proponer el nominalismo,
esto es, la doctrina según la cual las abstracciones, conocidas como
universales, carecen de una realidad esencial o sustantiva, pues tan sólo los
objetos individuales tienen una existencia real. Estos universales (como
animal, nación, belleza y círculo) eran considerados sólo nombres, de ahí el
término nominalismo. Así, por
ejemplo, el nombre círculo se aplica a cosas que son redondas y por lo tanto es
una denominación general, pero no existe ninguna identidad concreta con una
esencia separada de redondez que corresponda a ese nombre. Occam propuso,
además, el principio de economía en lógica formal, conocido como la navaja de Occam, según la cual las
entidades no tienen que ser multiplicadas sin necesidad.
Por su parte, Nicolás de Oresme había propuesto (o
rescatado) la teoría heliocéntrica, que abandonó en razón del predominios del
geocentrismo, que se venía aplicando desde cuando Ptolomeo, habiéndola tomado
de Aristóteles, la había mejorado. La Iglesia había hecho suya esta teoría,
considerándola verdadera en razón de que no reñía con las escrituras. Oresme,
quizá por estos mismos motivos o por temor de la Inquisición, abandonó pronto
el heliocentrismo.
Nicolás de Cusa, por su parte, en La docta ignorancia, estableció una
nueva forma de ver la realidad. Esta obra, que consta de tres partes, propuso,
en la primera, el problema capital de la existecia de Dios (el ser máximo
considerado absolutamente); la segunda trata del Universo (el ser máximo
contraído en la pluralidad de las cosas); y el tercero de Jesucristo (el ser
máximo como contraído y absoluto a la vez). El título, que el propio autor
considera “novedoso”, tiene una significación compleja. Por un lado lo
relaciona con Sócrates (“Sólo sé que no sé nada”), en el convencimiento de que
no puede el estudioso detenerse en un cúmulo de afirmaciones de escuela y que
debe seguir profundizando y esforzándose en su búsqueda de la verdad. También
es una teología negativa, el reconocimiento de que el ser de Dios no puede ser
alcanzado por nuestro entendimiento. A su vez es un modo de reconocer el camino
de la Ciencia como un camino infinito, de conjeturas. Y, por último, es también
una vía mística que nos lleva a contemplar a Dios despojados de todo concepto y
de toda imagen.
De tal manera, el Renacimiento, que tuvo
origen en Italia, fue sobre todo un fenómeno urbano, un producto de las
ciudades que florecieron en el centro y norte de Italia, como Florencia,
Ferrara, Milán y Venecia, cuya riqueza financió los logros culturales
renacentistas. El estudio de la literatura antigua, de la historia y de la
filosofía moral, aunque a veces degeneró en una imitación de los clásicos,
tenía por objetivo crear seres humanos libres y civilizados, personas de gusto
y juicio, ciudadanos, en definitiva, más que sacerdotes y monjes. La perfección del cuerpo
humano mediante el entrenamiento físico, ideal que raramente se conoció en la
edad media, se convirtió en uno de los objetivos de la educación renacentista.
Los estudios humanísticos, junto a los grandes logros artísticos de la época,
fueron fomentados y apoyados económicamente por grandes familias como los
Medici en Florencia, los Este en Ferrara, los Sforza en Milán, los Gonzaga en
Mantua, los duques de Urbino, los dogos en Venecia y el Papado en Roma.
El Renacimiento y las artes
La recuperación y estudio de los
clásicos originó la aparición de nuevas disciplinas —filología clásica,
arqueología, numismática y epigrafía— y afectó críticamente al desarrollo de
las ya existentes. En el campo de las bellas artes la ruptura decisiva con la
tradición medieval tuvo lugar en Florencia en torno a 1420, cuando el arte
renacentista alcanzó el concepto científico de perspectiva lineal que hizo
posible representar el espacio tridimensional de forma convincente en una
superficie plana.
Desde mediados del siglo XV, las formas y temas clásicos
volvieron a ser utilizados: los motivos mitológicos tomados de las fuentes literarias
adornaron palacios, paredes, mobiliarios y vajillas; Pisanello retomó la
antigua costumbre de acuñar medallas para conmemorar a eminentes figuras, como
el político florentino Cosme de Medici; Piero della Francesca, Andrea Mantegna
y Sandro Botticelli pintaron retratos de personajes de la nobleza, resaltando
sus características individuales.
Los ideales renacentistas de armonía y
proporción culminaron en las obras de Rafael, Leonardo da Vinci (cuya obra más celebrada, desde el momento de su
creación, fue el retrato de Mona Lisa, modelo
del casi nadie escaparía a su influjo en el mundo de la pintura. Otra de sus grandes creaciones sería la Dama con armiño), y Miguel Ángel
durante el siglo XVI.
Ciencia y la técnica, máximas expresiones del Renacimiento
En el campo de la tecnología,
la invención de la imprenta en el siglo XV revolucionó la difusión de los
conocimientos. La imprenta incrementó el número de ejemplares, ofreció a los
eruditos textos idénticos con los que trabajar y convirtió el trabajo
intelectual en una labor colectiva, y permitió que la visión del mundo, aun de las capas excluidas por el analfabetismo, se ampliara. Sin embargo, es en el campo de la ciencias, particularmente en el de la astronomía, que la realidad advertirá otro horizonte. De ello, se encargaría Nicolás Copérnico.
Entre los avances
realizados destacaron la solución de ecuaciones cúbicas y la innovadora
astronomía de Nicolás Copérnico, Tycho Brahe y Johannes Kepler. A finales del
siglo XVI, Galileo ya había dado un paso fundamental al aplicar modelos matemáticos
a la física. Además, siguiendo la teoría de Copérnico, había defendido el
heliocentrismo aun a costa de su propia integridad frente a la Iglesia.
La geografía se transformó gracias a los
conocimientos empíricos adquiridos a través de las exploraciones y los
descubrimientos de nuevos continentes y por las primeras traducciones de las
obras de Tolomeo y Estrabón.
La política
En el campo del derecho, se
tendió a sustituir el abstracto método dialéctico de los juristas medievales
por una interpretación filológica e histórica de las fuentes del Derecho
romano. Por lo que respecta al pensamiento político, los teóricos renacentistas
recusaron, pero no anularon, la proposición medieval de que la preservación de
la libertad, del derecho y de la justicia constituía el objetivo fundamental de
la vida política. Los renacentistas aseveraron que la misión central del
gobernante era mantener la seguridad y la paz.
Maquiavelo sostenía que la virtú (la fuerza
creativa) del gobernante era la clave para el mantenimiento de su propia
posición y el bienestar de sus súbditos, idea consonante con la política de la
época.
Durante el renacimiento,
las ciudades italianas se convirtieron en estados territoriales que buscaban
expandirse a costa de otros. La unificación territorial tuvo lugar también en
España, Francia e Inglaterra, lo que condujo a la formación del Estado nacional
moderno.
Por su parte, Tomás Moro propuso en su Utopía una teoría política que hoy día ha contribuido a mantener la
esperanza de los pueblos oprimidos en la búsqueda de igualdad, sobre todo,
económica.
Una nueva concepción religiosa
El clero renacentista, particularmente
su más alta jerarquía, ajustó su comportamiento a la ética y costumbres de la
sociedad laica. Las actividades de los papas, cardenales y obispos apenas se
diferenciaban de las usuales entre los mercaderes y políticos de la época. Al
mismo tiempo, la cristiandad se mantuvo como un elemento vital y esencial de la
cultura renacentista. Predicadores como san Bernardino de Siena y teólogos o
prelados como San Antonino de Florencia, gozaron de gran prestigio y fueron
venerados. Además muchos humanistas se preocuparon por cuestiones teológicas y
aplicaron los nuevos conocimientos filológicos e históricos para estudiar e
interpretar a los padres de la Iglesia. El acercamiento humanista a la teología
y a las Escrituras se puede observar desde el erudito y poeta italiano Petrarca
hasta el holandés Erasmo de Rotterdam, lo que tuvo un poderoso impacto sobre
los católicos y protestantes.
El camino hacia la renovación filosófica
Algunos medievalistas afirman que la hinchada
elocuencia y el insípido neoclasicismo de muchos escritos humanistas debilitan
la pretensión de que el renacimiento constituye un punto de inflexión en la
civilización occidental. Aunque esas aseveraciones son válidas en cierta
medida, el renacimiento fue sin duda una época en la que las antiguas creencias
fueron puestas a prueba y la ebullición intelectual que entonces se produjo
preparó el camino a los pensadores y científicos del siglo XVII.
La idea
renacentista de que la humanidad domina a la naturaleza es análoga al concepto
del control del hombre sobre los elementos de la naturaleza explicado por
Francis Bacon, concepto que inició el desarrollo de la ciencia y de la
tecnología moderna. No obstante, el renacimiento ha legado, por encima de todo,
monumentos de gran belleza artística que se mantienen como definiciones perennes
de la cultura occidental.
Bibliografía mínima
Burke, Peter, El Renacimiento, Crítica, Barcelona,
1999
Dynnik, M.A., Historia de la filosofía, 5 tomos,
Grijalbo, Méjico, 1960
Sergi, Giuseppe, La idea de Edad Media, Crítica,
Barcelona, 2001
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