La enseñanza tradicional y sus secuelas en la educación


La enseñanza tradicional

Por Efrén Mesa Montaña

El modelo de enseñanza tradicional es, infortunadamente, el modelo que más se concibe como práctico en las instituciones educativas del país. No cabe duda que su prevalencia se deba al mismo modelo con el que fueron educados los maestros en las escuelas normales y aun en las universidades. Sin embargo, si el modelo tradicional aun se concibe como práctico en Colombia (no olvidemos que todavía a finales de la década de los setenta el modelo se hallaba vigente en el sistema educativo), no se culpa de los maestros, pues con frecuencia olvidamos que, tanto la sociedad como las sucesivas administraciones de gobierno, han “condicionado a la escuela, al maestro y a la enseñanza”[1] a sus intereses y prejuicios, en menoscabo tanto de la sociedad misma como del desarrollo del país.

Con todo, este modelo de enseñanza concibe al maestro como un artesano, donde su función es trasmitir una serie de conocimientos que el maestro admite como sólidos y vitales para el futuro del estudiante. La enseñanza de la historia patria, en Colombia, es un claro ejemplo de educación tradicional: allí el estudiante debe recordar los nombres de los “próceres”, las fechas de las batallas, las efemérides, pero estar ajeno de la realidad que lo rodea.

De tal manera, en la enseñanza tradicional, “el alumno es visto como una página en blanco, un mármol al que hay que modelar, un vaso vacío o una alcancía que hay que llenar.”[2]

La enseñanza tradicional tiene una larga historia, y se puede decir que es la primera forma de enseñanza que aparece en la historia de la educación. De ahí que algunas de sus características, que se han “trasmitido”, aún se mantengan entre los maestros:

1. Considera que el maestro es la base y condición del éxito de la educación. A él le corresponde organizar el conocimiento, aislar y elaborar la materia que ha de ser aprendida, trazar el camino y llevar por él a sus alumnos.

2. Supone que el maestro es el modelo y el guía, al que se debe imitar y obedecer: el maestro es el centro del conocimiento: de él emana toda sabiduría.

3. Admite que la disciplina y el castigo se consideran fundamentales: la disciplina y los ejercicios escolares son suficientes para desarrollar las virtudes humanas en los alumnos.

4. Propone que el castigo, ya sea en forma de reproches o de castigo físico, estimula constantemente el “progreso” del alumno.

 5. Por otra parte, establece que el enciclopedismo es la clave del conocimiento, aun cuando éste se limite al de un simple manual, que guarda las respuestas, las cuales, indudablemente, no se pueden cuestionar. Esta premisa supone que la vida colectiva  escolar es organizada, ordenada y programada. El manual escolar es la expresión de esta organización, orden y programación: todo lo que el niño tiene que aprender se encuentra en él, graduado y elaborado. En tal sentido, para evitar la distracción y la confusión, nada debe buscarse fuera del manual.

 6. El verbalismo y la pasividad son considerados la clave del éxito en la enseñanza. Así, el método de enseñanza será el mismo para todos los niños y en todas las ocasiones. El repaso entendido como la repetición de lo que el maestro acaba de decir, tiene un papel fundamental en este método.[3]

Pero es más. En el caso colombiano, la disciplina se enmarcaba tanto en la obligación de ir a la escuela y de estudiar materias, muchas veces ajenas a los intereses del estudiante (como historia patria —que consistía en la repetición de nombres, fechas y efemérides, que estaban ajenas realmente al conocimiento propio de la historia; es decir, al conocimiento de los orígenes de la realidad presente y a su cuestionamiento y crítica, con el fin de que el estudiante advierta posibilidades de cambio—, religión —que no constituía propiamente el conocimiento de las religiones, sino la práctica de una—, entre otras). En ello se hacía presente el modelo de “ciudadano” que sugería el Estado: esto es, que fuese un cristiano ejemplar.

En este sentido, en Colombia, la educación estaba ceñida no a los intereses de la gran mayoría de la sociedad, sino y particularmente, de la Iglesia[4] y de los gobiernos, particularmente, conservadores y de la clase económica de la que éstos hacían parte. Infortunadamente, la enseñanza tradicional no sólo se ha constituido en una práctica educativa ajena a la realidad del país, sino a la realidad del mundo, y se ha prestado, sus estudiantes, a intereses que han desembocado en conflictos gravísimos en el país, como el la violencia de los años cincuenta, y que del cual el país aún no sale.

No quiere decir esto que la enseñanza tradicional se haya concebido para este fin, el la violencia, sino que la realidad de los contenidos educativos de la enseñanza tradicional en Colombia, se prestaron para ello. En los años cincuenta, por ejemplo, la Iglesia aún pretendía revivir su injerencia en la educación,[5] lo cual contribuía a incitar los conflictos que se vivían en los campos y veredas del país. En tal sentido, en nuestro país, la enseñanza tradicional fue al mismo tiempo enseñanza conductista.

En resumen, la enseñanza tradicional conlleva la generación de incapacidad crítica en los estudiantes; la limitación en la búsqueda de nuevas fuentes que cuestionen el conocimiento; el apocamiento de la personalidad de los estudiantes al considerar al maestro como centro del saber y, en este sentido, como un ente de autoridad, no de respeto, pero lo que es más, un retroceso en el desarrollo intelectual y, en esta dirección, un abandono en la búsqueda de conocimiento necesario; es decir, que contribuya al desarrollo humano y científico. He ahí la diferencia frente a otros países que han roto las viejas estructuras y sistemas educativos y propuestos modelos que permitan la libertad y la creatividad de los estudiantes.

Podemos agregar que, teniendo en cuenta que el modelo de enseñanza tradicional es el que más se concibe como práctico en las instituciones educativas del país, aun cuando del sistema educativo haya desaparecido hace tiempo, no se precisan soluciones prácticas para erradicarlo. Un ejemplo de la enseñanza tradicional estaría en la enseñanza de la historia patria, en Colombia: allí el estudiante debe recordar los nombres de los “próceres”, las fechas de las batallas, las efemérides, pero estar ajeno de la realidad que lo rodea. El ejemplo nos lo da este breve episodio de Los Simpson, que nos está lejos de lo que ocurre en algunos centros educativos del país:


Una de las características de la enseñanza tradicional estaría en el verbalismo y la pasividad, que son considerados la clave del éxito en la enseñanza. Así, el método de enseñanza será el mismo para todos los niños y en todas las ocasiones. El repaso entendido como la repetición de lo que el maestro acaba de decir, tiene un papel fundamental en este método. El siguiente video es clave para ilustrar lo anterior:


Por lo de más, propone que el castigo, ya sea en forma de reproches o de castigo físico, estimula constantemente el “progreso” del alumno. De ahí que no es raro encontrar personas con resentimientos, como resultado de la opresión a la que fueron sometidos, y reproduzcan exactamente el mismo sistema educativo que los educó, como aquí nos muestra don Ramón, el seriado de El Chavo:


Aun así, no todo son críticas, pues del modelo de enseñanza tradicional cabe rescatar la enseñanza de valores cívicos, los cuales, no cabe duda, dado el estado de la educación en Colombia, son hoy más que nunca necesarios.




[1]. Graciela Amaya de Ochoa, “La escuela, el maestro y su formación”, en varios autores, La formación de los educadores en Colombia, Idep, Bogotá, 1997, pp. 13-64.
[2]. “Modelos de enseñanza”. Disponible en: http://es.wikipedia.org/wiki/Modelos_de_enseñanza
[3]. “Características de la escuela tradicional”. Disponible en: http://www.buenastareas.com/ensayos/Caracteristicas-De-La-Escuela-Tradicional/632598.html
[4]. Humberto Quiceno, Pedagogía católica y escuela activa en Colombia, 1900-1935, Ediciones Foro Nacional por Colombia, Bogotá, 1988.
[5]. Alexis Pinilla Díaz, La educación en Colombia. Debates y tensiones, Unad, Bogotá, 2003, 9. 138 y ss.

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